Viernes, 16 mayo 2008; Los sentimientos de Carol

 

 

   En el estudio se olía a viernes por todos los rincones, la gente iba de un lado hacia otro con las manos vacías, se oían risas, voces, invitaciones para el fin de semana y canturreos. Todo eran rostros de felicidad, hasta Víctor, mi jefe, se interesaba por nuestros planes y se mezclaba con nosotros como uno más. Yo había quedado a las dos a comer con Carol y ya no volvería a la oficina porque me esperaba un día de lo más movidito, los padres de Paolo venían a Murcia. Iba a ser nuestro ¡primer encuentro!

 

   Barbara y Luca llegaban al aeropuerto de Alicante a las seis de la tarde, Paolo les había dicho que iríamos a recogerlos. Así que tenía que comer con Carol, ir a casa a darme una ducha y cambiarme de ropa.

 

   Eran las dos y cuarto y Carol aun no había aparecido, el camarero me miraba con cara de pocos amigos porque el restaurante estaba de bote en bote y yo estaba allí sentada con tres cervezas en el cuerpo pero sin rastro de mi acompañante. Cuando faltaba un minuto para y media llegó Carol corriendo, le faltaba el aire, parecía que acababa de correr la maratón. Llevaba más de una hora en el coche dando vueltas para aparcar.

 

   Después de pedir y cuando ya tuvo un poco más de aire en sus pulmones Carol me contó todo lo que le estaba pasando. Gerard y ella trabajaban codo con codo desde hacía tres meses, en todo este tiempo habían mantenido una relación estrictamente profesional, de hecho Gerard y ella no se llevaban demasiado bien, tenían muchas diferencias e intentaban evitarse constantemente.

 

   Sin embargo, todo cambió un día que Gerard y ella se quedaron solos en la oficina terminando un proyecto que tenían que entregar al día siguiente. Sobre las nueve de la noche, Gerard salió de su despacho y se acercó al puesto de Carol para ultimar detalles. Carol estaba sentada en su silla, con una mano en el ratón y la otra sobre el teclado, Gerard llegó por atrás, puso su mano izquierda sobre el respaldo de la silla de Carol, inclino su cuerpo hacia delante tan cerca de su cuello, que Carol notaba su respiración, entonces Gerard con un movimiento instintivo puso su mano sobre la mano que ella tenía en el ratón. Durante unos segundos se quedaron callados, mirando la pantalla del ordenador sin saber muy bien que decir. Carol experimento una sensación muy extraña, un cosquilleo recorría su cuerpo y le dieron unas ganas incontrolables de lanzarse sobre el. Ella empezó a balbucear, no le salían las palabras entonces se dio la vuelta buscando su mirada y el se abalanzó sobre ella. Sin saber como, Carol estaba sentada encima de su escritorio con su jefe encajado entre sus piernas besándose de una manera casi animal. Así fue como empezó todo.

 

   En un principio estos encuentros se sucedían esporádicamente hasta que llego a ser algo habitual. Gerard pasaba en Murcia cinco días a la semana, de esos cinco días, tres quedaba con Carol a tomarse unas cañas que casualmente terminaban siempre en su casa. Los dos días restantes se dedicaban a tontear en la oficina, miraditas, roces, toqueteos, comentarios picantes, insinuaciones que acababan siempre con Gerard rogándole de una manera insistente a Carol que pasara la noche con el. Esta lo rechazaba, porque a pesar de este affaire que le había devuelto la vida y con el que se sentía una mujer satisfecha. Ella tenía a Mateo, su novio desde hacía siete años. Al que hasta la fecha adoraba sobre todas las cosas y con el que a pesar de esa nueva vida paralela que tenía, pasaba los fines de semana como si nada hubiera cambiado.

 

   Así habían transcurrido ya dos meses desde aquel primer encuentro sobre el escritorio. Su relación era sexual, se atraían, se deseaban, sentían un deseo incontrolable que no eran capaces de frenar pero no había ningún sentimiento, ni actitud afectiva mas allá de la sexual. Hasta que hace una semana el le había empezado a mandar sms cariñosos. Carol eres lo mejor que me ha pasado en la vida. ¿Por qué no te conocí antes? ¿Cómo he podido vivir todo este tiempo sin ti? Te echo de menos. Si nos diéramos una oportunidad. Y el último fue Te quiero. Estos mensajes habían echo que Carol se planteara cosas que antes eran inimaginables, ¿Le estaba empezando a gustar Gerard? Y si la respuesta era si, ¿que debía hacer? Por un lado estaba Mateo al que quería, con el que tenía unos planes de futuro asentados y con el que a pesar de esta nueva relación, tenía una química especial. Pero por el otro lado estaba Gerard, que le sacaba la fiera que lleva dentro, esa mujer ansiosa de placer y por el que además estaba empezando a sentir y a plantearse cosas que antes ni contemplaba.

 

   Pasamos dos largas horas hablando sobre su futuro incierto y lo único que pude decirle es que no se apresurara a tomar una decisión loca, que analice los pros y los contras de la situación, pero sobre todo que se pregunte que es lo que realmente ella quiere. No estamos obligados a pasar la vida con alguien porque llevemos con esa persona muchos años, o porque sea buena, pero tampoco podemos tirarlo todo por la borda por algo que no merezca la pena, cuando a lo mejor lo que tu ya tienes es lo que realmente quieres y es la monotonía o la falta de esa locura del principio lo que echas de menos.

 

   La acompañe al coche porque me pillaba camino de casa, nos despedimos con un fuerte abrazo. La verdad es que Carol ha sido para mí como una hermana desde que llegue a Murcia y verla así me produce mucho dolor. Quiero ayudarla pero no se como, creo que no puedo hacer nada, solo ella puede.

 

   Cuando subí a casa ya eran las ¡cinco!, Paolo llegaba en quince minutos y yo aun tenía que ducharme y lo peor de todo ¡¡¡elegir que me iba a poner para ese primer encuentro!!!. Después de poner el armario patas arriba, llenar la cama de pantalones, camisetas, vestidos, calcetines y medias, ya había tomado una decisión. Me pondría mis vaqueros favoritos, un top blanco, la americana negra, mis zapatos negros de tacón y el bolso maxi de Prada que me costo un ojo. Estaba mirándome al espejo para darme el visto bueno, cuando piiiiiiiiiiiiiii. Paolo estaba abajo esperándome, me miré por ultima vez al espejo, cogí las llaves y con la puerta abierta eche un vistazo general a la casa…me sentia una mujer afortunada.

 

                                                                                                                         Amanda

 

 

Jueves 15 mayo 2008; Por fin, un día relajado.

 

 

 

 

    Después de ese miércoles fatídico en el que Sara me secuestró, necesitaba un día de relax sin hacer nada. Así que el jueves desde el estudio llamé a Paolo para que a eso de las nueve se viniera a mi casa, no sin antes pasar por el Indio que hay debajo de casa y pillara algo de cenar, después veríamos una película que me había dejado Fran, un compañero del curro hace unas semanas y después haría todo lo posible para que se quedara a dormir conmigo. Ahora que habíamos vuelto a ser una pareja de quinceañeros, me apetecía estar con el más que nunca.

 

   Todo fue según lo previsto, a las nueve llegué a casa y a los diez minutos tocaron al timbre de la puerta insistentemente. Ya vaaaa. Fui a abrir con la peor de mis caras, ¿Quién llamaba de aquella manera tan horrorosa? ¡Me estaba volviendo loca! Al abrir mi cara cambió, y noté que se me puso una sonrisa de idiota que solo me falto babear. Porque allí estaba Paolo, con un brazo apoyado en el quicio de la puerta y con el otro sujetaba una gigante margarita de color fuego, a medio brazo le colgaba una bolsa de plástico de la que emanaba un olor a especias maravilloso. Con su media sonrisa en la cara, una de sus artísticas coletas y esos ojazos negros que cuando me miran parece que me están perdonando la vida, Paolo estaba allí delante de mí inmóvil sin decir nada y lo mejor de todo, ¡era para mi disfrute personal!.

 

    Estaba guapísimo, llevaba unos vaqueros desgastados, sus Converse rojas, una camiseta negra de Versace con dibujos abstractos en el pecho, de su cuello colgaba un pañuelo tipo fular muy colorido y su aroma, mmm, ese olor corporal de Paolo que me chifla, se mezclaba con el olor de su perfume…¡¡¡me estaba volviendo loca!!!. Paolo como buen italiano era amante de la moda y tenía un estilo único, todo le quedaba bien. La verdad es que siempre me había preguntado como un hombre tan interesante como Paolo había soportado todas mis neuras a lo largo de estos tres años. Aquello si que era un misterio que espero durara mucho tiempo, la verdad es que desde el fin de semana pasado nuestra relación volvían a ser la de siempre y yo estaba pletórica.

 

   Así que por fin me di esa ducha relajante tan deseada aunque esta vez… no estaría sola ni sería tan relajante ya que Paolo sería mi esponja. Me encantaba ducharme con el mientras veía como su cuerpo se iba mojando poco a poco hasta que su piel morena brillaba mientras el agua resbala por ella. Recorrerlo con mis manos en sentido contrario a los chorros del agua. Me quedé embobada viendo como inclinaba la cabeza hacia arriba y cerraba los ojos, mientras se pasaba las manos una y otra vez por su melena negra. Cunado se dio cuenta, me miro, puso su media sonrisa, me tiró un poco de agua a la cara con la punta de sus dedos y fue entonces cuando bajo sus brazos, los puso alrededor de mi cuerpo y nos besamos apasionadamente. Dentro de mi había una especie de serpenteo que subía desde el estómago hasta mi garganta, cada vez que Paolo hacía algún movimiento, mi cuerpo se estremecía y ese gusanillo recobraba vida. Mientras lo hacíamos, una ola de placer recorrió mi cuerpo, sentía a Paolo allí conmigo, cuerpo con cuerpo, acariciando cada rincón de mi piel, besándome con una pasión desmesurada por el cuello, hombros, espalda, poco a poco mi mente se iba alejando de aquel lugar, un poco mas, un poco mas…hasta llegar a un estado de Nirvana, el punto mas alto de felicidad y Paolo estaba conmigo.

 

   La cena ya se había enfriado cuando nos pusimos a comerla y a pesar de que tenía un hambre voraz, no me importaba porque acababa de tener una maravillosa experiencia sexual con el mejor novio del mundo, Paolo.

 

   Después de la cena, nos salimos al balcón un rato a mirar el ambiente que se respiraba en la ciudad, era jueves y a pesar de que era la una de la madrugada, la calle estaba abarrotada de gente. Al rato de salir empecé a sentir frío así que nos fuimos directamente a la habitación. Cuando me estaba metiendo en la cama, escuche el sonido de un mensaje en mi móvil y me di cuenta de que lo había dejado sobre la mesa del comedor, así que salí, lo cogí y leí Amanda no se que siento por Gerard. Me estoy volviendo loca. Te necesito. ¿Comemos mañana? Le contesté, A las dos en el italiano de la Plaza de Europa. Te quiero. Volví a la habitación, me metí en la cama y Paolo se ajusto a mi cuerpo, poniendo su pecho pegado a mi espalda, nuestras piernas entrelazadas formando una uve y su brazo rodeando mi cuerpo. Mientras sentía la respiración de Paolo en mi nuca, no podía quitarme a Carol de la cabeza, las preguntas se me agolpaban ¿había llegado demasiado lejos con Gerard?, ¿Se estaba enamorando de el? ¿o por el contrario lo dejaría? Mañana mientras comíamos intentaría disiparlas, pero en este momento disfrutaría de la compañía de Paolo por que nunca se sabe…

 

                                                                                                                                                   Amanda