Jueves 15 mayo 2008; Por fin, un día relajado.

 

 

 

 

    Después de ese miércoles fatídico en el que Sara me secuestró, necesitaba un día de relax sin hacer nada. Así que el jueves desde el estudio llamé a Paolo para que a eso de las nueve se viniera a mi casa, no sin antes pasar por el Indio que hay debajo de casa y pillara algo de cenar, después veríamos una película que me había dejado Fran, un compañero del curro hace unas semanas y después haría todo lo posible para que se quedara a dormir conmigo. Ahora que habíamos vuelto a ser una pareja de quinceañeros, me apetecía estar con el más que nunca.

 

   Todo fue según lo previsto, a las nueve llegué a casa y a los diez minutos tocaron al timbre de la puerta insistentemente. Ya vaaaa. Fui a abrir con la peor de mis caras, ¿Quién llamaba de aquella manera tan horrorosa? ¡Me estaba volviendo loca! Al abrir mi cara cambió, y noté que se me puso una sonrisa de idiota que solo me falto babear. Porque allí estaba Paolo, con un brazo apoyado en el quicio de la puerta y con el otro sujetaba una gigante margarita de color fuego, a medio brazo le colgaba una bolsa de plástico de la que emanaba un olor a especias maravilloso. Con su media sonrisa en la cara, una de sus artísticas coletas y esos ojazos negros que cuando me miran parece que me están perdonando la vida, Paolo estaba allí delante de mí inmóvil sin decir nada y lo mejor de todo, ¡era para mi disfrute personal!.

 

    Estaba guapísimo, llevaba unos vaqueros desgastados, sus Converse rojas, una camiseta negra de Versace con dibujos abstractos en el pecho, de su cuello colgaba un pañuelo tipo fular muy colorido y su aroma, mmm, ese olor corporal de Paolo que me chifla, se mezclaba con el olor de su perfume…¡¡¡me estaba volviendo loca!!!. Paolo como buen italiano era amante de la moda y tenía un estilo único, todo le quedaba bien. La verdad es que siempre me había preguntado como un hombre tan interesante como Paolo había soportado todas mis neuras a lo largo de estos tres años. Aquello si que era un misterio que espero durara mucho tiempo, la verdad es que desde el fin de semana pasado nuestra relación volvían a ser la de siempre y yo estaba pletórica.

 

   Así que por fin me di esa ducha relajante tan deseada aunque esta vez… no estaría sola ni sería tan relajante ya que Paolo sería mi esponja. Me encantaba ducharme con el mientras veía como su cuerpo se iba mojando poco a poco hasta que su piel morena brillaba mientras el agua resbala por ella. Recorrerlo con mis manos en sentido contrario a los chorros del agua. Me quedé embobada viendo como inclinaba la cabeza hacia arriba y cerraba los ojos, mientras se pasaba las manos una y otra vez por su melena negra. Cunado se dio cuenta, me miro, puso su media sonrisa, me tiró un poco de agua a la cara con la punta de sus dedos y fue entonces cuando bajo sus brazos, los puso alrededor de mi cuerpo y nos besamos apasionadamente. Dentro de mi había una especie de serpenteo que subía desde el estómago hasta mi garganta, cada vez que Paolo hacía algún movimiento, mi cuerpo se estremecía y ese gusanillo recobraba vida. Mientras lo hacíamos, una ola de placer recorrió mi cuerpo, sentía a Paolo allí conmigo, cuerpo con cuerpo, acariciando cada rincón de mi piel, besándome con una pasión desmesurada por el cuello, hombros, espalda, poco a poco mi mente se iba alejando de aquel lugar, un poco mas, un poco mas…hasta llegar a un estado de Nirvana, el punto mas alto de felicidad y Paolo estaba conmigo.

 

   La cena ya se había enfriado cuando nos pusimos a comerla y a pesar de que tenía un hambre voraz, no me importaba porque acababa de tener una maravillosa experiencia sexual con el mejor novio del mundo, Paolo.

 

   Después de la cena, nos salimos al balcón un rato a mirar el ambiente que se respiraba en la ciudad, era jueves y a pesar de que era la una de la madrugada, la calle estaba abarrotada de gente. Al rato de salir empecé a sentir frío así que nos fuimos directamente a la habitación. Cuando me estaba metiendo en la cama, escuche el sonido de un mensaje en mi móvil y me di cuenta de que lo había dejado sobre la mesa del comedor, así que salí, lo cogí y leí Amanda no se que siento por Gerard. Me estoy volviendo loca. Te necesito. ¿Comemos mañana? Le contesté, A las dos en el italiano de la Plaza de Europa. Te quiero. Volví a la habitación, me metí en la cama y Paolo se ajusto a mi cuerpo, poniendo su pecho pegado a mi espalda, nuestras piernas entrelazadas formando una uve y su brazo rodeando mi cuerpo. Mientras sentía la respiración de Paolo en mi nuca, no podía quitarme a Carol de la cabeza, las preguntas se me agolpaban ¿había llegado demasiado lejos con Gerard?, ¿Se estaba enamorando de el? ¿o por el contrario lo dejaría? Mañana mientras comíamos intentaría disiparlas, pero en este momento disfrutaría de la compañía de Paolo por que nunca se sabe…

 

                                                                                                                                                   Amanda

 

 

 

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