Domingo 18 Mayo 2008; La familia de Paolo nos visita el fin de semana

 

   El avión de Barbara y Luca se retraso tres largas horas, en las que me dio tiempo de probar los doscientos tipos de cafés de la máquina del aeropuerto, dar paseos de un lado a otro y comprarme todo tipo de caramelos. Cuando llegaron a eso de las nueve de la noche, Paolo y yo estábamos muertos, parecía que nos habían dado una paliza. Tanto arreglarme para que al final me vieran con la cara demacrada y los pelos de loca.

 

   Antes de aquel día, solo había visto a los padres de Paolo en fotos pero nunca imagine que fueran tan…tan…diferentes a la idea de padres que todos tenemos en mente. Barbara es una mujer de cabello largo y moreno, lo llevaba sujeto con unas gafas de sol enormes y tenía el cuerpo de una chica de veinte años. Llevaba unos vaqueros negros ajustados y una camiseta ancha floreada al más estilo ochenteno. El padre de Paolo, Luca, era totalmente diferente, tenía el pelo largo de color grisáceo y alocado y con una barba algo descuidada. Era alto y tenía una expresión de felicidad permanente en la cara, lo que le hacía muy familiar. Llevaba unos pantalones con mil bolsillos, una camiseta verde militar y unas chanclas hippies de cuero. En cuanto se vieron empezó una agitación de brazos que no paró hasta que llegamos a casa. El idioma no fue un problema ya que estaba acostumbrada a oír a mi madre hablarlo así que lo entendía y lo hablaba perfectamente.

 

   Cuando llegamos a Murcia eran las diez y media de la noche y aunque sus padres aun tenían algo de energía decidimos que lo mejor seria irnos a casa y quedar el sábado temprano para presentarles la ciudad.

 

   A las diez ya estaba plantada en la casa de Paolo. Desde allí los llevamos a los rincones más mágicos de la ciudad, como las mil callejuelas que rodean la catedral, llenas de vida las veinticuatro horas del día. Para terminar en la plaza Belluga donde se asoma la fachada principal de la catedral y la del Palacio Episcopal entre otras. También fuimos a Trapería y Platería, dos calles peatonales que son el corazón de la ciudad y las más frecuentadas por los murcianos para pasear y hacer compras, ya que están atestadas de tiendas donde perderte horas y horas.  En Trapería también se encuentra el Casino de Murcia un edificio neoclásico de una belleza interior que impresiona a todo el que lo visita.  Seguimos la calle hasta llegar a la plaza Santo Domingo, la plaza que nunca duerme. Paralelo a la plaza DE Santo Domingo se encuentra el Teatro Romea, con una fachada imponente, sin duda es junto con la catedral, uno de los edificios mas emblemáticos de la ciudad, rodeado de bares y restaurantes. Recorrimos los mil jardines que tiene la ciudad, porque si hay algo que caracteriza a Murcia sin duda son sus jardines. El de Floridablanca, el Malecón, El jardín de la Pólvora y un largo etcétera. Cuando llegamos al Malecón recorrimos un tramo de muralla árabe que rodeaba antiguamente a la ciudad de Murcia. Al final de nuestro recorrido acabamos en una terraza de la plaza de las flores, el mejor lugar para degustar un aperitivo típico de la zona, una marinera (ensaladilla sobre una rosquilla con una anchoa), un pastel de carne y unas cañitas.

 

   Después nos fuimos a comer al Santuario de la Fuensanta, patrona de la ciudad, y tuvimos una sobremesa que duró hasta bien entrada la tarde. Cuando nos dimos cuenta eran las ocho, así que regresamos a la ciudad, aparcamos el coche en La Glorieta donde se encuentra el Ayuntamiento y de allí nos fuimos al Puente Viejo. Un puente que une el centro de Murcia con el barrio del Carmen, típico barrio murciano, para ver el atardecer sobre la ciudad de Murcia. Una experiencia realmente maravillosa.

 

   Después de un día tan agotador dando vueltas por Murcia, el domingo fuimos a la costa, más concretamente a Mazarrón, donde nos paseamos a lo largo de sus muchas playas, a medio día regresamos a Murcia y comimos en casa de Paolo un plato típico murciano, receta de la madre de Carol. Y a eso de las siete estábamos todos montados en el coche camino al aeropuerto de Alicante.

 

   La despedida fue horrorosa, nadie se salvo de derramar alguna lagrimilla, por que a pesar de que eran una familia muy liberal y cada uno hacía su vida, esta había sido la primera vez que Barbara y Luca veían a Paolo desde que este dejara Italia hace ya muchos años con su beca Eramus bajo el brazo. Cuando desaparecieron entre la gente, nos quedamos vacíos, eran solo dos personas pero con una personalidad tan arrolladora que cuando no estaban parecían dejar un hueco enorme. Acabábamos de conocernos, apenas habíamos pasado cuarenta y dos horas juntos pero sabía que los echaría de menos. Desde este momento Barbara y Luca formaban parte de mi familia.

 

                                                                                                                                                     Amanda

 

 

 

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