Lunes 26 mayo 2008; Paolo se instala en casa…¿provisionalmente?.

 

   Amanda esta tarde me instalo en tu casa. Así fue como Paolo me despertó el lunes por la mañana.

 

   Como cualquier ser humano odio ese maldito Riiiiiiiiiiiiiiiin mañanero, ese sonido que te devuelve a la realidad de un nuevo día lleno de ajetreo, viajes de un sitio a otro, tu jefe sacándote la medula, tus compañeros metiéndote prisa para que les des un informe, llamadas, citas, mas llamadas, mas citas, clientes rabiosos, en fin, un típico día de curro.

 

   Por la noche cuando te metes en la cama, coges el despertador y te lo pones para que al menos suene cinco minutos antes de la hora X y así poder retozar un poquito más en la cama. Pero entonces llega ese primer Riiiiing… ¿ya? ¿Pero si me acabo de acostar? ¡No puede ser! Miras el despertador y piensas cinco minutitos más, cinco minutitos más. Entonces suena ese segundo y ultimo Riiiiiiin y se te hunde el mundo ¡ya son las siete de la mañana! ¡Noooooooooooooo! No volveré a acostarme nunca después de las diez, ¡lo juro!- Piensas mientras pones tu primer pie en el suelo. Con la cabeza mirando hacia abajo, el pelo revuelto en la cara, los ojos apretados, te repites una y otra vez No puede ser, no puede ser. Pero enseguida todos estos pensamientos se van cuando aparece en tu cabeza la palabra hipoteca. Así que das un blinco de la cama, mas resignada que otra cosas. Y es entonces cuando llegan los pensamientos imposibles, ojala me toque la lotería, a pesar de que no juegas en la vida, o ¿te imaginas que te llaman y te dicen: Amanda hoy no hace falta que vengas? O Ha llovido durante toda la noche y hay una inundación y no puedes salir de casa. Con todos estos pensamientos rondándote la mente, te metes en el baño y cuando sales de el todo a cambiado, tienes mucha mas energía, ¿Qué sería de nosotros sin esas duchas mañaneras? Te vistes te maquillas un poquito, te tomas tu primer café de la mañana, coges las llaves del recibidor, echas una última miradita a la cama…Ahiiii… ¿Por qué? Con lo calentita que yo estaba.

 

   Sin embargo esta mañana todo había sido diferente, ni me había despertado un rin, ni un segundo rin, ni esos pensamientos atormentaban mi mente, porque estaba ocupada con otro pensamiento mucho…no se si peor pero lo que tenía claro era que si mas peligroso. Paolo se venia a casa conmigo, ¿lo había oído bien? La verdad es que no me había enterado muy bien, solo había captado algunas palabras, agua, vecino, inundación. Así que por una vez en mi vida eche de menos mi despertar de todos lo días, hubiera dado lo que fuera por haber escuchado ese sonido.

 

   No me entere de nada en todo el día. Mi mente estaba en otro sitio. Imaginándose a Paolo llegando a mi casa con mil maletas, colocando la ropa en mi armario, llenando mi frigo con su comida, colocando todas sus cosas en mi baño, llenando la bañera de champús y otros enseres, la mesilla llena de sus cosas…

 

   Así que el lunes me invente un rollo que mi jefe se creyó y pude salir una hora antes del estudio, deseando llegar y ver como Paolo había destrozado mi hogar, mi guarida, mi rincón, mi intimidad. Sin embargo no encontré nada de lo que me había imaginado. Paolo estaba en la ducha, así que pude mirar todos los rincones de la casa y solo me encontré las llaves colgadas en la entrada, dos bolsas del super en la encimera, una pequeña maleta en la habitación aun sin abrir y la ropa que se acababa de quitar tirada sobre la cama.

 

   ¿Cómo había sido tan cruel con el? ¿Cómo había podido pensar que Paolo había hecho eso sin consultármelo antes? Y si lo había hecho, ¿Por qué me importaba tanto? Me sentía rastrera, una rata, pero que una rata, la pulga de una rata. Con lo que Paolo me había demostrado hasta ahora ¿como era capaz de ser así? No me lo merezco, soy lo peor, soy la peor. Estaba sumergida en esos pensamientos cuando la puerta del baño se abrió y apareció Paolo envuelto en bao, con una toalla de color negro atada a la cintura, un poco mas baja de lo habitual que dejaba entre ver los músculos de las caderas y tan apretadita que se le marcaba el paquete. El pecho desnudo liso, sin un pelo y con esa barriguita tan plana…

 

   Parece que todos esos malos pensamientos se esfumaron de repente. A lo mejor no era tan mala idea que Paolo se viniera a casa…a vivir conmigo…

                                                                                                                                        Amanda

 

 

 

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