Nasija. La historia de una mujer de África Subsajariana

 

 

“Algunos hombres han interpretado

La palabra revelada para mantener

el poder sobre el pueblo…

 

                                 para flagelo de las mujeres.”

 

 

 

  Con estas palabras comienza uno de los cortos que reflejan la brutalidad atroz a las que algunas mujeres están aun sometidas. Esto ha hecho que me pare a pensar por enésima vez en mi vida, ¿que esta pasando en el mundo? ¿Por qué dejamos que estas cosas sucedan? Y otra vez me siento impotente por que no se que debo hacer, como comportarme, donde ir, con quien hablar, a quien pedir responsabilidades. A veces creo que somos muy hipócritas con estas realidades que a nosotros no nos tocan pero que hay miles de mujeres que sufren diariamente. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué puedo hacer?

 

  La vida de Nasija es una realidad que vemos con asombro e incredulidad, por desgracia, es una historia corriente de una mujer en África Subsajariana. Algo que pasa diariamente por que es NORMAL para ellos. ¿Normal? Hablo de ablaciones, lapidaciones, violaciones, palizas, asesinatos y un largo etcétera de atrocidades que violan los derechos humanos.

 

  Las mujeres desde que nacen sufren, sufren mucho por el yugo del hombre. Allí una mujer no vale nada. Es alguien a la que se le puede hacer todo tipo de calamidades sin que nadie pueda evitarlo, ¿o si?

 

  Para mi es inconcebible que hoy dos de junio del 2008 aun hayan mujeres en estas condiciones. Sin nadie que las ayude a salir de este pozo en el que están sumergidas, sin nadie que les eche una mano, sin nadie que las salve de tal crueldad a la que están sometidas. Sin un alma que condene a esos hombres, a esa sociedad, ni que los haga comprender que las mujeres nacieron con el derecho de ser respetadas como todos los seres humanos que habitan este mundo.

 

 ¿Cuánto camino nos queda por recorrer?

 

  Hay asociaciones que luchan por cambiar la realidad de estas mujeres, que luchan por sus derechos, por darles una vida mejor, por una vida digna. A todas estas asociaciones le quiero agradecer desde mi humilde rincón todo el trabajo y esfuerzo que hacen diariamente por estas mujeres. Mil gracias por ayudarlas.

              

                                                                                                                                             Amanda

 

 

 

 

 

 

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Primera Parte: Ultimo fin de semana de mayo. La llegada.

 

  El viernes por la tarde Carol me llamo para decirme que ya teníamos un lugar donde celebrar la súper fiesta antes de que Violeta se fuera a Australia.

 

  Habían alquilado para el fin de semana una casa rural en Caravaca un pueblo de Murcia, a unos 40 min. en coche. El único requisito en el que todos estuvimos de acuerdo fue que estuviera cerca para no perder mucho tiempo en la carretera y así disfrutar un poco mas de la estancia. Fuimos en dos tandas. Violeta, Sara, Carol y yo partimos hacia Caravaca el viernes a las seis ya que no trabajábamos por la tarde. El sábado por la mañana apareció por allí el resto del equipo Paloma y Pedro, Mateo y Paolo.

 

  Asi que a las siete de la tarde estabamos todas plantadas en casa de Carol. Nuestras caras reflejaban que iba a ser un fin de semana apoteósico… y no íbamos muy mal encaminadas… Después de unas cuantas horas dando vueltas por el pueblo y de parar a no sé cuantos lugareños, por fin conseguimos dar con la casa. Lo primero que hicimos al llegar fue ir a ver como era. Por supuesto la promotora y más interesada de inspeccionar el terreno era Carol la sibarita del equipo.

 

  La primera impresión fue muy buena. Era una casa típica de un pueblo murciano. Tenía un porche por delante cubierto por una enredadera que no dejaba pasar el sol. Debajo habia una mesa con sillas, perfecta para tomar el fresco en las calurosas tardes murcianas. Delante del porche con su jardincillo correspondiente había una piscina bastante grande. A la izquierda de la casa había un huerto, que más que un huerto parecía un bosque ya que desde el porche no se veía el final de este. Tenía una gran variedad de árboles, desde almendros hasta naranjos pasando por moreras, membrilleros, limoneros, higueras y parras, que impregnaban el lugar con un olor dulzon. A mano derecha había una barbacoa hecha de piedra y junto a ella un gran arcon lleno de madera, o al menos eso se suponía. La casa no era muy grande.

  

  Por fuera era de un blanco impoluto recubierta por completo con tirolesa. Las ventanas eran de madera al igual que la puerta de entrada. La casa tenia dos pisos. En la parte de abajo estaba la cocina separada del salón por una barra. Enfrente había un arco que separaba la cocina-comedor de los dos cuartos de baño. En la parte de arriba estaban las cinco habitaciones y otro baño muy pequeño.

 

  Después de darle el aprobado a la casa, nos fuimos al coche y sacamos todas las cosas. Cada una llevaba una pequeña maleta para pasar el fin de semana justito, excepto Carol que llevaba dos maletas industriales para cinco meses. Cuando las vimos empezamos a reírnos. ¿Carol que llevas en esas maletas? ¿Dónde crees que vas? A ver cuando te das cuenta que no eres de la realeza.  Le decía Violeta entre risas. Aquello no era normal.

 

 Cuando nos recuperamos colocamos la comida y bebida en su sitio y sorteamos las habitaciones. A mí me toco una que daba al bosque de la casa. Cuando entre, el olor a cerado me echo hacia atrás pero este duro poco, porque en cuanto abrí la ventana ese olor dulzon que desprendía aquel lugar impregno toda la habitación.

 

  Eran ya las nueve de la noche cuando terminamos de colocarlo todo. Decidimos que unas harían la cena en la barbacoa del jardín, mientras otras se duchaban, después cenariamos y como colofón final nos tomaríamos unas copillas mientras charlábamos en el porche de la casa.

 

  Sara y yo nos quedamos encargadas de la cena, pero cual fue nuestra sorpresa cuando al ir a coger troncos del arcon, allí no había ¡nada! Estaba completamente vacío. Como era muy tarde y estaba oscureciendo y además no conocíamos el lugar, preferimos hacer la cena en la cocina. Pero al intentar encender los fuegos… ¡Sorpresa! ¡No había gas! La cocina funcionaba con butano y la única botella que había estaba completamente vacía. Así que Sara y yo con móviles en ristre salimos de excursión por los alrededores buscando algo con lo que hacer fuego. Gran idea aquella…

 

  Mientras buscábamos Sara me contaba que aun se seguía viendo con aquel Roberto que llevo a la cena, cosa que me impacto profundamente. ¿Sara quedando con un tipo más de dos veces? Mmm, quizás aquel Roberto fuera algo mas para ella que un simple ente con pene. Me dijo que incluso habían intercambiado teléfonos. Que desde aquella salida ya habían quedado más de tres veces. ¿Más de tres veces en una semana y media? ¡Definitivamente aquí había tomate! ¡Y del bueno! Desde lo de Samuel, cuando Sara quedaba con un mismo tipo más de dos veces en un periodo corto de tiempo, aunque solo le había pasado un par de veces, quería decir que estaba empezando a sentir algo muy muy leve pero algo por ese chico. ¿Roberto? entonces aprovechando que me estaba contando su historia le pregunte Sara, ¿por qué no le dices que se venga mañana? La respuesta me dejo de piedra Ya se lo he dicho. Mañana a la hora de comer estará aquí. Y para terminar con el poco sentimiento que podia albergar la frase agregó Lo que me gusta de darle el numero de teléfono a un tío es que tienes sexo ¡cuando te apetece!

 

  Estábamos tan metidas en la nueva aventura amoroso-sexual de Sara que no nos dimos cuenta de que estábamos ¡perdidas! Antes de que nos entrara el pánico, aunque yo ya lo tenia dentro. Sara cogio el móvil y llamo a Carol pero…el móvil no daba señal así que lo intente yo pero…en aquel maldito lugar ¡¡¡no había cobertura!!!. Mientras empezaba a ser presa del pánico, Sara se dedicaba a decir tonterías del estilo Mmm, una de mis fantasías siempre ha sido perderme en un bosque y que un leñador con el torso desnudo venga a rescatarme con un hach…Ya no podía más, ¡¡Paraaaaaaaaaaaaa!!¿Es que no sabes pensar en otra cosa? Estamos jodidas, deja de pensar en tus putas fantasías y piensa coño, piensa. Pues eso hago pensar, jajaj. Hasta que no pasaron diez minutos Sara no fue consciente de lo que nos estaba pasando.

 

  La noche se nos había echado encima y no veíamos mas allá de nuestras narices, los móviles no tenían cobertura, nos encontrábamos en medio de la nada, solas, no conocíamos el terreno, allí no había rastro humano, empezaba a refrescar y no llevábamos ni una mísera cazadora. Estábamos ¡bien jodidas!

 

  No paso mucho tiempo hasta que salimos a un camino y allí nos quedamos plantadas, totalmente paralizadas mirándonos la una a la otra con cara de gilipollas sin mediar palabra. Hasta que por fin apareció una luz a lo lejos y Sara y yo salimos despedidas hacia ella. Una camioneta, la llamo así porque tenía ruedas, pero mas bien parecía una cacharrería andante, se paro. Era un hombre de unos treinta y cinco años que venia de trabajar y con el que Sara congenio rápidamente. ¡Esta tía no se corta!

 

  Después de decirle donde estaba nuestra casa, le contamos la historia de nuestra perdida y empezó a reír sin parar. ¿De que se ríe este tío? Pensaba mientras le daba pequeños apretones a la mano de Sara, que estaba más pendiente del tío que de la conversación. Entonces, Sara, en un tono angelical pero con cara de zorrilla en apuros le dijo De qué te ríes, guapo. Y el contesto, Chicas, apenas os habéis alejado de la casa. Seguramente habéis caminado en círculo.  Efectivamente, conforme nos subimos en el coche, bajamos, ¡¡¡ni un minuto!!!!! ¡Que vergüenza! Por supuesto, como era de esperar, Sara no se bajo sin antes invitarlo a que se tomara algo en casa pero afortunadamente el rechazo la invitacion.

 

  Cuando llegamos la barbacoa estaba encendida y estas estaban a punto de prepara la cena. Como habíamos tardado tanto pensaron que no encontrábamos la leña, así que antes de que se hiciera mas tarde llamaron al hombre que nos alquilo la casa y este les llevo leña para tres meses. Era tan sencillo…

 

  Decidimos que la historia no la contariamos, claro, que solo le bastaron a Sara tres cervezas para soltar nuestra gran aventura…

                                                                                                                                Amanda